Espacios “pop-up”: ¿revulsivo para el comercio urbano?

Causa auténtico desaliento observar ese continuo goteo de locales vacíos en el centro de nuestras ciudades. Lo alarmante de este proceso es que la curva descendente empeora día a día: el constante ritmo de cierre de negocios no se ve compensado por las nuevas aperturas. Ello provoca una creciente pérdida de “pulso comercial” en nuestras calles, además de afectar negativamente al mermado espíritu de consumo de los ciudadanos. Y es que, pocos síntomas transmiten mejor la crudeza de la crisis que esa pléyade de escaparates, otrora repletos de flamantes ofertas, que ahora ven transcurrir tristemente los días cubiertos por sábanas y vinilos de papel, conservando como único reclamo esos enormes carteles de “SE ALQUILA”.

Lo peor es que esta situación no tiene precisamente visos de mejorar. Repartidos por nuestras ciudades, existen aún multitud de locales ocupados por oficinas de las entidades financieras. ¿Qué ocurrirá cuando estas entidades afronten los numerosos cierres forzados por su próxima reconversión?. ¿Qué tipo de negocios serán capaces de implantarse con éxito en dichos locales?. ¿Acabarán nuestras calles monopolizadas por enormes bazares chinos y negocios de comida rápida?.

(Aunque afectadas en menor medida, tampoco las grandes superficies se han visto exentas de este declive del comercio tradicional. No hay más que pasear por el interior de cualquier centro comercial, para comprobar que también allí abundan los locales vacíos).

¿Debe la sociedad resignarse ante este panorama?. ¿O bien existen posibles soluciones que eviten esta lenta agonía del ambiente comercial en nuestras calles?. ¿Existe algún modelo de negocio capaz de adaptarse y sobrevivir a este duro entorno de creciente reducción del consumo?.

Observando las últimas tendencias del comercio urbano, se atisba una posible solución proveniente de un nuevo concepto de “comercio de calle”. Se trata de los denominados espacios “pop-up”, consistentes en la instalación de una clase de negocios rotativos o temporales, que contradicen la tradicional estabilidad de ubicación, propia de los establecimientos clásicos.

El concepto “pup-up store” se basa en una instalación temporal (unos días o unas semanas) que irrumpe en pleno centro neurálgico de la ciudad elegida y juega con el factor sorpresa para alimentar la curiosidad del consumidor. Esta tendencia no es totalmente novedosa, sino que está inspirada en los happenings de los años 50: aquellos eventos en los cuales los artistas involucraban a los espectadores, aprovechando espacios desocupados o móviles para comunicar la esencia de las marcas, crear emociones e impactar a los clientes. Con el “pop-up store” no sólo se pretende vender un producto, sino proporcionar experiencias y momentos exclusivos. El carácter efímero y exclusivo de estos fugaces espacios de venta constituye un anzuelo irresistible para los ávidos consumidores exigentes, a la vez que revitaliza el pulso comercial del centro de la ciudad.

Los posibles usos comerciales de estos espacios son innumerables, y admiten el libre juego de la imaginación: pruebas o demostraciones de producto, diseños independientes, venta de stocks de temporada, productos exóticos, productos de lujo, objetos de merchandising, ofertas inmobiliarias, ofertas turísticas, comercios de internet…

Lo que resulta incontestable es que la comunicación es un valor en alza en este tipo de estrategias comerciales. Ya podemos hablar sin ir más lejos de un marketing de guerrilla. La fórmula del éxito para todos ellos: huir de los circuitos convencionales y potenciar el factor sorpresa para alimentar la curiosidad de los consumidores. Una estrategia que puede verse aún más beneficiada, mediante el uso inteligente de las últimas técnicas del marketing móvil y la geolocalización.

Pero no sólo el comercio o las grandes marcas. En “temporada baja”, estos espacios pueden llegar a acoger otras muchas actividades menos comerciales que no encuentran otra ubicación adecuada: exposiciones itinerantes, actuaciones independientes de teatro o música, atracciones infantiles, talleres, ferias, actividades recreativas… En estos casos, la renta a percibir por los propietarios sería mucho más modesta, y quizás tendría que venir complementada por algún tipo de apoyo por parte de la Corporación Local.

Sin duda, aquí existen una oferta y una demanda cuyos intereses pueden llegar a converger:

– Unos propietarios ansiosos por recuperar la productividad de sus locales, actualmente vacíos y sin visos de re-ocupación (al menos, a corto o medio plazo).

– Unos negocios ubicuos que se benefician de un mayor impacto y visibilidad de su oferta, sin renunciar a la flexibilidad que supone concentrar sus acciones en un corto espacio de tiempo, reduciendo así el riesgo de su inversión.

Todo ello, acompañado de un indiscutible efecto beneficioso sobre el pulso de actividad comercial de la ciudad, y con una legislación recientemente aprobada que favorece esta clase de aperturas sin necesidad de previa licencia.

¿Qué opinión os merece esta idea de los espacios pop-up?. Podéis incluir vuestros comentarios aquí debajo.

Innovación: ¿pura alquimia o simple actitud?

En mi opinión, la mejor definición de la innovación es: “cualquier cambio basado en el conocimiento, capaz de generar valor”.  Ahora bien: ¿quiénes son los sujetos destinados a proponer dichos cambios?. ¿Tan sólo aquellos “sabios” que reúnen los mayores conocimientos en cada materia?. ¿O también pueden innovar otras personas que, aún sin ser expertas en una determinada ciencia, son capaces de detectar los problemas y proponer soluciones basadas en un conocimiento más limitado (pero acaso mejor conectado con la realidad)?.

Hay que destapar el mito de que sólo pueden innovar los expertos, o las mentes más privilegiadas. Innovar casi nunca supone crear o inventar algo radicalmente nuevo. La Historia de la evolución humana nos demuestra que la innovación no nace de la mera inspiración. La creatividad no es una especie de “bing bang” que surge de manera espontánea, a partir de la nada.  A menudo, es más resultado de encontrar pequeñas mejoras que del diseño de supuestas soluciones milagrosas. Todo está ya inventado. Quien piense lo contrario, corre el riesgo de crear un monstruo de Frankenstein. En nuestra “era del conocimiento”, la forma en que realmente aprendemos es: probando, compartiendo, imitando, completando y mejorando. La innovación es una energía que no crea ni destruye nada. A lo sumo, transforma y evoluciona las utilidades.

Un ejemplo de esto es la nueva tendencia denominada “crowdsourcing”, consistente en ceder a la comunidad de usuarios el principal protagonismo en el diseño de nuevos productos. En estos casos, son los propios consumidores quienes definen las utilidades y mejoras a implantar, de acuerdo con su experiencia de uso. Por tanto, las empresas posponen el trabajo de sus especialistas a una segunda fase, centrada en el desarrollo técnico de esas nuevas utilidades. Como era de prever, la mayor parte de estas iniciativas se han visto rubricadas por el éxito: ¿Qué mejor manera de asegurar la adaptación del producto a las necesidades del mercado, que permitiendo al usuario participar en su diseño?.

Existen otros ejemplos de esta nueva tendencia de creación “on demand”, que bien podría denominarse innovación inversa (del producto al productor). La red social “Quirky.com” ha sido capaz de lanzar nada menos que 35 nuevos productos innovadores, en un sólo año de vida.

Estos casos demuestran que TODOS poseemos el potencial de innovar. La innovación no es un don reservado en exclusiva a los genios o inventores. Por el contrario, es una actitud que se puede entrenar. Y ello mejor que nunca, en nuestra “Era del Conocimiento”. Basta con adoptar una serie de hábitos mentales que facilitan el proceso de generación de nuevas ideas, partiendo de una atenta observación de la realidad. A menudo, este proceso se ve enriquecido cuando se desarrolla en entornos multidisciplinares, con personas procedentes de diversas profesiones o disciplinas.

¿Existen más casos de éxito de este principio de “innovación abierta”?. La respuesta se obtiene leyendo este estupendo artículo:  “los 8 pilares de la innovación de Google”. Os recomiendo que leáis con atención esta lista de consejos, publicada por una empresa reconocida entre las más innovadoras del mundo. Como podéis comprobar, la lista no incluye ningún requisito relativo a un conocimiento especializado sobre la materia sobre la que se pretende innovar.

Pues bien. Mientras leía este artículo, se me ocurrió aplicar esa receta de Google a nuestro “Proyecto colaborativo” en ciernes. Quería comprobar si existe o no un campo propicio para la innovación dentro de nuestro grupo, producto del intercambio de ideas y conocimientos. A continuación, incluyo mis principales conclusiones:

1. ¿Cuál sería nuestra Misión?:

“Identificar los problemas existentes en el actual entorno de la sociedad y las empresas, planteando sencillas soluciones consistentes en nuevas formas de hacer y/o en la aplicación de las nuevas tecnologías”.

2. Comenzar por lo pequeño, antes de llegar a lo grande:

“Centrarse preferentemente en los problemas cotidianos que afecten a los ciudadanos y empresas de Cantabria”

3. Luchar por la innovación constante, no por la perfección instantánea:

“Cada una de las ideas o iniciativas lanzadas en este blog no están destinadas a convertirse en soluciones definitivas, sino que (a lo sumo) supondrán un pequeño avance o contribución, cuya eventual puesta en práctica llevará frecuentemente a identificar nuevas líneas de mejora”.

4. Busca ideas en cualquier sitio:

“Al proponer nuevas soluciones, será recomendable la referencia frecuente a casos de éxito ensayados en otros lugares, tratando de adaptarlos al máximo a nuestro entorno”.

5. Comparte todo:

“El blog está abierto a la participación de cualquier persona que desee exponer sus ideas y compartir contenidos sobre algún aspecto de la innovación, ya sea en condición de autor (previa invitación) o bien como simple comentarista”.

6. Tratar de concretar en los datos:

“Tanto la identificación de problemas como las diferentes soluciones propuestas, deben sustentarse al máximo en datos concretos, obtenidos de cualquier fuente autorizada (cuya procedencia habrá de citarse)”.

7. Plataforma:

“La vocación de este blog es convertirse en una plataforma colaborativa, dirigida a compartir y divulgar ideas innovadoras capaces de aportar algún valor a la sociedad y los ciudadanos”.

8. Equivocarse no es fracasar:

“Nadie debe temer que sus ideas caigan en saco roto. La innovación nace casi siempre como producto del proceso: prueba-error-“.

Como podéis comprobar, parece que disponemos de estos 8 pilares. Sólo resta ponerse a construir entre todos nuestro “edificio de la innovación”.

¿Qué os parece?. Me gustaría conocer vuestra opinión (espero vuestros comentarios).